Está en marcha una tercera ola de colonialismo. A diferencia de la primera, que se apoderó de la tierra y del trabajo, o de la segunda, que extrajo la riqueza mineral mediante la dependencia económica estructural, esta tercera ola es invisible, consentida y potencialmente irreversible. No coloniza territorios sino datos: los patrones de conducta, los flujos de atención, las respuestas emocionales y las transacciones económicas de más de cuatro mil millones de personas del Sur Global.
Los extractores ya no son los imperios europeos. De un lado está Meta, cuya familia de aplicaciones —Facebook, Instagram, WhatsApp— alcanza una media de 3.580 millones de usuarios activos diarios, la inmensa mayoría de ellos en el Sur Global. Del otro está el ecosistema de TikTok, propiedad de ByteDance, que ha crecido hasta unos 1.670 millones de usuarios activos mensuales en todo el mundo, con América Latina como motor de su expansión más veloz. Ambos operan con una lógica extractiva idéntica. Ambos drenan valor del Sur Global y devuelven muy poco. Y ambos, si nadie los frena, consolidarán una dependencia digital más completa que cualquiera de las que produjo la era colonial.
Esto no es una teoría de la conspiración. Es el modelo de negocio.
La mecánica de la extracción
Para calibrar la escala real del colonialismo de datos basta con mirar a un solo país: Indonesia. Sus 112 millones de usuarios de WhatsApp lo convierten en uno de los mayores mercados de Meta en el mundo. La plataforma se ha vuelto infraestructura esencial: las familias la usan para mantener los lazos sociales a lo largo del inmenso archipiélago; las pequeñas empresas coordinan sus cadenas de suministro; los partidos políticos organizan sus campañas. Meta no cobra a los usuarios por este servicio. Lo que hace es monetizar los datos de conducta que generan esas interacciones. Solo la publicidad de clic a WhatsApp generará previsiblemente unos 10.000 millones de dólares de ingresos en 2026, lo que la convierte en el formato publicitario de mayor crecimiento de Meta.
El patrón colonial es inconfundible. Los datos se generan en Indonesia, India, Brasil, México y Tailandia. Se procesan en servidores de Estados Unidos. Los ingresos publicitarios fluyen hacia Menlo Park, California, y enriquecen a accionistas mayoritariamente estadounidenses. El ingreso medio por usuario de Meta en la región de Asia-Pacífico ronda los 0,21 dólares, frente a los 0,72 dólares de Australia y Oceanía. Los usuarios del Sur Global generan menos ingresos directos per cápita, pero en conjunto producen la masa de datos de conducta que entrena los modelos de IA de Meta, los cuales a su vez generan ingresos premium en los mercados ricos.
La extracción de TikTok es igual de agresiva: cambia la forma, no el fondo. Indonesia es su segundo mercado del mundo. Los usuarios indonesios pasan más horas al mes en la plataforma que los de cualquier país occidental. El algoritmo de TikTok moldea el gusto, las aspiraciones, la opinión política y la autoimagen de una población en la que más de la mitad tiene menos de treinta años. La política de privacidad que la plataforma actualizó en 2026 amplió su recopilación de datos para incluir información personal sensible: origen racial o étnico, creencias religiosas, diagnósticos de salud, orientación sexual y situación de ciudadanía. Para cientos de millones de usuarios en países donde las leyes de protección de datos son débiles y su aplicación es mínima, el aparato extractivo de TikTok funciona prácticamente sin límite alguno.
La simetría es justamente la clave. Una adolescente indonesia que pasa cuatro horas diarias en TikTok genera datos de atención que entrenan algoritmos en Silicon Valley. Un pequeño empresario tailandés que usa WhatsApp Business genera datos de transacciones que enriquecen los modelos de IA de Meta. Una vendedora mexicana de comida callejera que publica a diario en Instagram genera contenido que impulsa las métricas de interacción. En todos los casos, el valor fluye hacia fuera. El Sur Global produce la materia prima —los datos— y recibe a cambio un servicio «gratuito» que profundiza su dependencia de una infraestructura controlada desde el extranjero. Esto es colonialismo sin banderas, sin ejércitos y sin tratados. Es colonialismo por consentimiento, operando a la velocidad de la luz.
La trampa del ingreso medio y el bloqueo de la IA
Lo que está en juego va mucho más allá de los ingresos publicitarios. El Informe sobre el Desarrollo Mundial 2024 del Banco Mundial identificó una crisis que afecta a más de 100 países y a unos seis mil millones de personas. Desde 1970, la renta per cápita mediana de los países de ingreso medio nunca ha superado el 10 por ciento del nivel estadounidense. Estas naciones han dejado atrás la pobreza extrema, pero siguen sin poder generar la innovación y la capacidad institucional que hacen falta para competir con las economías avanzadas.
La era de la IA cortocircuita la escalera tradicional del desarrollo. Los países que no desarrollen capacidad soberana en IA en los próximos tres años descubrirán que la infraestructura del procesamiento de datos, de la toma de decisiones algorítmica y del comercio digital ha quedado capturada de forma permanente por plataformas extranjeras. Para 2028 —o antes— la arquitectura fundacional de la economía de la IA estará fijada. Los centros de datos, los sistemas de computación en la nube y las cadenas de entrenamiento de IA ya estarán construidos y serán imposibles de sustituir. Las naciones que para entonces no hayan establecido una capacidad soberana se encontrarán dependiendo para siempre de una infraestructura controlada desde el extranjero, igual que las naciones que no desarrollaron capacidad manufacturera propia durante la revolución industrial quedaron relegadas al papel de exportadoras de materias primas.
La experiencia de Indonesia es ilustrativa. Su Ley de Protección de Datos Personales de 2022 obligó a Amazon Web Services a abrir un centro de datos en Yakarta. Pero los requisitos de residencia de datos, por sí solos, no corrigen la asimetría de fondo. Los datos pueden residir en Yakarta, pero los algoritmos que los procesan, los modelos de negocio que los monetizan y los accionistas que se lucran con ellos siguen en Menlo Park. La residencia de datos sin soberanía de datos es el equivalente digital de exigir a una compañía minera colonial que procese el mineral en el propio país mientras envía el producto refinado de vuelta a la metrópoli.
La fragmentación como palanca
El análisis convencional trata la fragmentación de la gobernanza de la IA en el Sur Global como una debilidad. En realidad es un activo estratégico.
En decenas de países en desarrollo, la gobernanza de la IA está genuinamente disputada entre la influencia estadounidense y la china. El marco de Tailandia refleja la tradicional «diplomacia de bambú» del país, que se inclina hacia la gran potencia que ofrezca las condiciones más ventajosas. El enfoque de Indonesia está moldeado por la inversión china en infraestructura a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, junto al dominio tecnológico estadounidense en las plataformas de consumo. La cercanía de México con Estados Unidos lo empuja hacia las normas de Silicon Valley, pero Huawei y Xiaomi tienen una penetración de mercado profunda. Ninguna superpotencia ha capturado por completo a ninguno de estos países.
Esto significa que estos países pueden jugar con Estados Unidos frente a China: amenazar con adoptar infraestructura de IA china si Washington insiste en condiciones desfavorables, y amenazar con abrazar las plataformas estadounidenses si Pekín presiona con demasiada agresividad. Es exactamente esa palanca la que una coalición coordinada está diseñada para aprovechar. Cuando un grupo de naciones que representa a 400 millones de personas —Tailandia, Indonesia y México en una fase inicial— negocia de forma colectiva, ni Washington ni Pekín pueden permitirse ignorarlo. Cuando en una segunda fase se sumen India, Brasil y Sudáfrica, el Sur Global tendrá un poder de mercado comparable al de la Unión Europea.
No se trata de una palanca hipotética. Refleja exactamente la dinámica que produjo la Conferencia de Bandung en 1955, cuando las naciones recién descolonizadas de Asia y África declararon su independencia de ambos bloques de la Guerra Fría. El Camino Intermedio de la IA actualiza esa lógica para el siglo XXI, con una diferencia decisiva: a diferencia del Movimiento de Países No Alineados, que se quedó en lo aspiracional, una coalición por la soberanía de datos crea estructuras institucionales vinculantes, controla los datos y el acceso a mercados que ambas superpotencias necesitan, y opera con una fecha límite firme en 2028, antes de que el bloqueo se vuelva permanente.
El mercado sin capturar
También hay un argumento económico en positivo, no solo defensivo. La oportunidad económica más trascendente del mundo actual son los 2.100 millones de personas de la clase media baja del Sur Global que ganan entre 3.000 y 12.000 dólares al año en paridad de poder adquisitivo. Son los taxistas de Bangkok, los vendedores de tacos de Ciudad de México, los vendedores de batik de Yogyakarta, las mujeres de los mercados de Lima. Operan en la economía informal, que en los países del Sur Global supone entre el 30 y el 60 por ciento del PIB y da empleo a la mayoría de la población activa.
El mercado mundial de las microfinanzas se valoró en unos 235.000 millones de dólares en 2024 y se prevé que alcance los 523.000 millones en 2032. La brecha de financiación del microcrédito y de las pequeñas y medianas empresas en las economías en desarrollo se estima en 5,2 billones de dólares. Y, sin embargo, todo ese sector sigue prácticamente intacto para la IA. Ni las plataformas de IA estadounidenses ni las chinas lo han capturado, y ninguna está especialmente bien situada para hacerlo, dado el profundo conocimiento local que exige y lo mal que encajan, estructuralmente, los modelos de negocio basados en la vigilancia con poblaciones que tienen todos los motivos para desconfiar de la extracción extranjera de datos.
La formalización cooperativa asistida por IA ofrece algo radicalmente distinto de lo que brinda cualquiera de las dos superpotencias. En lugar de obligar a los negocios informales a atravesar burocracias laberínticas —un proceso que en la mayoría de los países del Sur Global implica decenas de trámites, meses de espera y sobornos considerables—, las plataformas impulsadas por IA permitirían a los trabajadores informales formalizarse de manera gradual y orgánica. Una aplicación de IA podría ayudar a una vendedora de tacos a llevar el registro de sus ventas, gestionar su inventario, calcular sus ganancias, presentar declaraciones fiscales simplificadas y acceder al crédito formal, todo desde el teléfono que ya tiene. A medida que se formaliza, entra en la base fiscal, obtiene acceso a servicios financieros formales con tipos de interés más bajos y construye un historial crediticio que le permite crecer. Pasa de la economía informal a la formal no por coerción ni por vigilancia, sino gracias a herramientas que hacen que formalizarse le convenga.
El modelo chino de crédito social asistido por IA —que vigila conductas, puntúa a los ciudadanos y castiga la disidencia— es la antítesis de esta visión. También lo es el modelo estadounidense de publicidad algorítmica, que emplea la elaboración de perfiles de conducta para manipular la atención. Una coalición por la soberanía de datos ofrece una tercera opción: una formalización cooperativa que amplía la base fiscal, habilita la participación económica formal y protege la dignidad individual, sin vigilancia.
Lo que está en juego en el plano geopolítico
La relación entre el colonialismo de datos y la seguridad global está infravalorada en el debate político dominante. La arquitectura actual de la competencia entre Estados Unidos y China en el Indopacífico es, en su base, una competencia por quién controla la infraestructura física y digital de la economía de los datos. El enfrentamiento por el 5G, en el que Estados Unidos presionó a sus aliados para excluir a Huawei, fue en el fondo una pugna por el control de la capa de datos.
Cuando los países de ingreso medio cuentan con capacidad soberana en IA, dejan de ser trofeos que ganar en una competencia entre superpotencias. Pasan a ser actores independientes, capaces de mantener relaciones tanto con Estados Unidos como con China sin quedar capturados por ninguno de los dos. Las naciones con infraestructura digital soberana no necesitan que las «proteja» el ejército de ninguna superpotencia. Eso reduce la presión hacia la lógica de suma cero tanto en Washington como en Pekín, y reduce los motores estructurales de la escalada militar que, sin freno, amenazan con un conflicto que empequeñecería el daño de cualquier extracción de datos.
Una coalición de este tipo tiene un hogar institucional natural: el Grupo de Trabajo sobre Economía Digital del G20, el único foro que reúne a la vez a Estados Unidos y a China junto a las grandes naciones de ingreso medio. Ningún otro organismo multilateral ofrece la misma combinación de alcance y mandato. La presidencia británica del G20 en 2025–2026, con su énfasis declarado en la resiliencia económica global, abre una ventana que no volverá a repetirse.
Lo que debe ocurrir antes de 2028
Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic y una de las voces más lúcidas en gobernanza de la IA, ha sostenido hace poco que el reto central de la era de la IA es asegurar que sean los valores democráticos, y no los autoritarios, los que moldeen el desarrollo de la tecnología. Tiene razón, pero su marco, como casi todo el pensamiento occidental sobre gobernanza de la IA, trata al Sur Global sobre todo como receptor pasivo de decisiones que se toman en otra parte. Los cuatro mil millones de personas del mundo en desarrollo no son una consideración secundaria en la gobernanza de la IA. Son su sujeto central.
Construir una coalición por la soberanía de datos exigirá tres cosas. Primero, la filantropía debe tomar la delantera. Las comunidades a las que la coalición quiere servir son precisamente aquellas que el capital riesgo ha considerado insuficientemente rentables. La Fundación Ford, Omidyar Network y la Fundación McGovern tienen misiones programáticas —gobernanza democrática, derechos digitales, inclusión económica— que una coalición por la soberanía de datos impulsa de forma directa. La inversión filantrópica necesaria es modesta en relación con el retorno potencial, medido no en términos financieros sino civilizatorios.
Segundo, la coalición debe estar anclada en las tradiciones filosóficas de las comunidades a las que sirve. El Reglamento de IA de la UE, con toda su sofisticación, se asienta en una tradición liberal europea que privilegia la autonomía individual y la eficiencia del mercado. La filosofía budista en Tailandia y Myanmar, el Pancasila en Indonesia y las ricas tradiciones indígenas de México y Perú ofrecen para la gobernanza de la IA recursos intelectuales sustantivos de los que carecen los marcos occidentales: recursos que se toman en serio la relación entre conciencia e inteligencia y que se resisten a reducir a los seres humanos a puntos de datos.
Tercero, la coalición debe moverse con urgencia. Para 2028, la infraestructura fundacional de la economía de la IA estará fijada. La ventana no está a años de distancia. Es ahora.
Transformar a dos mil millones de personas, de la informalidad invisible a una participación económica formal y digna, sería el mayor logro en materia de desarrollo desde la descolonización. La cuestión es si la voluntad política para construir la coalición podrá reunirse antes de que la ventana se cierre.
Hasta hoy, el Camino Intermedio de la IA es la única alternativa de ese tipo. La cuestión es si sabremos construirlo a tiempo.
Craig Warren Smith es fundador y presidente del Digital Divide Institute y codirige la AI Middle Way Coalition. Ha ocupado cargos en la Harvard Kennedy School, el MIT Media Lab, la Universidad de Chulalongkorn y la Universidad de Pekín. Soraj Hongladarom es antiguo profesor de Filosofía en la Universidad de Chulalongkorn y autor de The Ethics of AI and Robotics: A Buddhist Viewpoint (Lexington Books, 2020). Ambos desarrollan su trabajo desde www.middleway.ai.